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lunes, 5 de enero de 2015

En día de Reyes




En Reyes.



El incienso, el oro y la mirra. El simbolismo está presente en cada momento de la vida del Señor, estuvo tan poco tiempo en la tierra, cada interacción con la humanidad está repleta de razones, profecías y tesoros y quien con la gracia los descubre, son la luz al entendimiento del comprender la razón del vivir y del morir.


La gracia del entender no es un asunto de pasar estudiando cómo ganarla, la gracia es un ejercicio de humildad, mansedumbre, su constante velo y practica preparan el corazón para recibir la Luz, de manera tal que los mismos textos del evangelio leídos antes de tener la luz en el corazón son leídos ahora y se comprenden de otra manera, alimentando el espíritu y fortaleciendo el creer; las tentaciones llegan, se lucha por no caer en ellas, y la batalla por la carne se transforma en batalla espiritual.



La mirra ligada a Nuestro Señor, cuando era bebe, durante su vida terrena y al momento antes de la crucifixión, substancia de alto precio en aquellos días, sustancia utilizada como cosmético aromatizante o como medicina, no existía en la zona de Judea; se lo ofrecieron en la crucifixión para aminorar el dolor causado por los clavos al perforarle sus miembros, lo rehusó; El Señor destilaba olor a mirra de su túnica fabricada por su Santísima Madre, y como mirra curaba y cura dolores,  y devuelve el olor al espíritu mal oliente del pecador lavado con la fragancia de Cristo Jesús.



El incienso, el pequeño ser, la indefensa criatura humana, Dios hecho lo más pequeño, se hizo niño, y los Santos Reyes le ofrecen incienso, con ello le están diciendo que ese pequeño trozo de carne humana es también espíritu, y la resurrección, el vencer a la muerte (del pecado) le es simbolizada con este regalo. El cuerpo puede aparentar ser lo más pequeño o endeble del mundo pero el espíritu es inmedible, el olor de santidad emanado del incienso quemado se traduce en el hombre nuevo, aquel en que ya no es él  mismo quien vive sino que es Cristo Jesús el que habita en él. Las oraciones que elevamos a Nuestro Señor suplicantes, en alabanza, son el incienso espiritual representado en este obsequio al Niño Dios.



El oro fue y seguirá siendo el metal que representa el poder, e incluso sabiduría ya que se utiliza en la industria química, ingeniería genética, el mejor conductor de los materiales de electricidad y el calor; Jesús Nuestro Señor es el Oro del Cielo, de la creación, su poder no es medible porque es el poder mismo. Con el oro llevado por los Santos Reyes Magos reconocen que no hay nadie más como El y que a diferencia de las deidades creadas por el hombre para honrarlas, hechas de oro, (éxitos empresariales, concupiscencia de la carne, falsa santidad, concupiscencia de los ojos, etc.) Dios no necesita ser representado por ningún monumento hecho de oro ya que el mismo se ha hecho carne y es viviente, y el poder del oro es sumiso en el Santo Pesebre.



Los magos representan a los gentiles, los ateos, los de la nueva era, los que dejándose llevar por sus sentidos actúan en la búsqueda probando una cosa u otra obteniendo nada más que vacios en cada experimento, y en ese largo camino de la búsqueda de la felicidad o satisfacción terrenal;  cuando le encuentran le adoran y deciden regresar por otro camino a sus vidas, ya no el camino fantasioso y mágico de la vida llevada hasta este momento, sino que con el corazón puesto en la vida eterna conscientes de que DIOS existe, regresan pero conversos. En acto de humildad, dejan la soberbia de los estilos de vida y tal como hicieron los pastorcitos, se humillan ante La Luz y el Santo Bebecito los recibe como diciendo que no solo vino por los más pobres de los pobres de espíritu, sino que también por aquellos que teniéndolo todo, terrenalmente hablando,  y  que estos a los que los humanos se les arrodillan también tiene cabida en el Reino de Los Cielos, deciden doblar rodilla y reconocer que el único grande, el que está sobre todo, es Jesús El Señor, y cambiar el estilo de vida.





Los Santos Reyes Magos coincidieron los tres, sin ponerse de acuerdo, y son tres, así como los días en que el Niño Jesús se les extravió a su Santísima Madre y a San José para encontrarlo en el templo respondiendo preguntas a los doctores de la ley, así como los días para la resurrección luego de la muerte en la Santa Cruz, así como las caídas en el Santo Viacrucis, la primera antes de encontrarse con su Santísima Madre, la segunda antes de consolar a las mujeres y la tercera momentos antes de llegar al Colgota. Tres las horas que padeció colgado de la Santa Cruz desde las doce del medio dia hasta las tres de la tarde. Son tres así como los clavos en la crucifixión, tantas como le negó San Pedro antes que terminara de cantar el gallo la noche de su captura, tres personajes son los que participaron en los interrogatorios del Señor (caifás, herodes y pilatos). Será que son tres veces (o treinta, o tres mil) las que necesitamos caer para lograr comprender el misterio que encierra el amor del Señor hacia nosotros y la especial manera que tiene de llamarnos es por nosotros mismos, el libre albedrio es el que sujeta la intención y la acción, nadie llega al Hijo si no es voluntad propia.



El libre albedrio llevo a los Santos Reyes Magos a adorar al Niño Dios, viniendo de tan lejos, sólo el Espíritu de Dios podía alimentar el deseo de encontrar al Mesías, y estos paganos adoradores de dioses de barro, con la intención de sus corazones llevaron regalos al Niñito Dios, pero regresaron con un mayor regalo con ellos, el regalo del entendimiento y del amor Divino.



La soberbia fue vencida con la presencia de los Santos Reyes Magos, con este hecho, con su presencia, se demuestra el poder y la gloria del que ha nacido y aún vive en medio de nosotros esperando que le llamemos y el Espíritu Santo en su amor hará lo que corresponde para hacernos sentir la presencia del Señor en nuestro diario vivir.




Tres regalos te doy mi Señor



“-Te doy mis pensamientos;

te doy el sístole y el diástole de mi corazón;

te doy mi libre albedrio;



-En verdad no necesito regalártelos

porque son tuyos

aun sin de mi parte reconocerlo,

siempre he sido tuyo-;



Tres regalos simbólicos

con mis pensamiento

-como mirra amarga y olorosa-

quiero deleitarte cada instante

Pensando nada más en ti.



Te entrego la maldad de mi corazón

quémala en el incienso de tu amor;

cenizas de mi pasado viviendo en Egipto

encuentro en tu pesebre

la tierra prometida

el halito que me da vida.



No me pases mucho por el fuego

hay pruebas

qué mi endeble espíritu no superan

Hazme oro puro, ¡te lo pido Señor!

no me sometas demasiado:

Mira que para pecar he sido bueno

pero para resarcir soy un desalmado.



Haz oro puro mi libre albedrio

pero dame más amor,

tenme mucha mas paciencia

que el  castigo merecido.”



Saulo de Tarso

6/I/2015.

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