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miércoles, 28 de enero de 2015

Atender lo que escuchas...acedia...





Atender a lo que escuchas
[Comentario / Reflexión a San Marcos 4:21-25]


“…atended a lo que escucháis”… La lámpara del saber, de la sabiduría; la sabiduría no es la sapiencia en negocios, ciencia, tecnología, experiencia, académicos, etc. no, la sabiduría es el don o carisma que algunas personas poseen para saber dominar el impulso de hablar y cuando habla ha meditado en milésimas de segundo lo que dirá y no expresa más de lo que debe ser en justa medida y ni menos que esconda en terquedad lo que está obligado a decir o que condene su alma por hablar innecesariamente; de igual manera antes de actuar revisa en la línea del deber ser a la luz de la palabra y no dejándose influenciar por lo emotivo o la presión grupal; actúa como le indica el amor a Dios y al prójimo. Algunos lo resumen en que es saber distinguir entre el bien y el mal.

El asunto es que hay tanto mal disfrazado de bien y en lo cotidiano muy pocas ocasiones habrán en las que consultando la Santa Palabra meditaremos anticipadamente el actuar basados en ello y esto no es práctico.

La lámpara está llena del aceite del “poner atención” v. gr.: Sí fueras un practicante católico, al final de la misa dominical  ¿te recuerdas de la palabra que se ha leído en sus tres lecturas? Puedo asegurar que muy pocos se recuerdan de la Palabra, satanás la robo. Sí la robo, a través de las muchas distracciones que se esmeran en lograrlo, tales como la música que acompaña a las alabanzas antes y después de la lectura, en las que los instrumentos musicales tales como la guitarra eléctrica y la batería, con sus tonadas agudas y golpes altos adormecen la conciencia y los que participan en el rito se divagan y la palabra se deslizo por las rocas del descuido, “atended lo que escucháis” dice Él Señor en este Santo Evangelio.

Porque si no atendemos lo que escuchamos tendremos menos que poco y cuando emitamos juicios nos veremos atrapados por ellos mismos, seremos jueces dictando nuestra propia condena.

“…acaso se trae la lámpara para ponerla debajo de la mesa…”, al expresar esto se refiere a Él mismo, Él es la Luz, la que disipa la oscuridad y por tanto no puede su Santa Palabra recibirse y guardarse en los bolsillos, o en el bolso; debe guardarse en el corazón que es donde está el tesoro de los humanos, se guarda a través de la meditación en la misma y al escudriñarla ser solícitos pidiéndole al Espíritu Santo que nos aclare lo que leemos [San Juan 5:37-39 Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro,  ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que El ha enviado. «Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí;], si asistimos a escuchar la palabra no llegar al templo como si fuésemos a ver un acto cualesquiera diferente, sino qué por respeto a nosotros mismos averiguar cuáles serán las lecturas de ese día y leer antes de llegar para que podamos “atender a lo que escuchamos”.
                                                                                                      
Muchos no lo sabemos, ignoramos que si asistimos a escuchar la Santa Palabra al templo o a la iglesia, el sólo hecho de estar ahí ya nos compromete, porque caemos en la categoría de aquellos a los que “con la medida que midáis se os medirá aun con creces, porque al que tiene se le dará, pero al que no tiene, aún lo que tiene, se le quitara”; porque habiendo recibido la sabiduría no poseemos nada y así será el juicio por esos pecados de omisión. El demonio de la acedia nos invita a ignorar la luz de la lámpara y a oír pero no escuchar con el corazón.

“El que tenga oídos para oír, que oiga…”, suena fácil, pero requiere virtud, templanza porque hay muchas distracciones, y el demonio que mencionamos en el párrafo anterior, el demonio de la acedia, crea una especie de estrés espiritual, apatía a todo lo que sea “Palabra de Dios”, no importa la edad del humano, ya que ese demonio actúa igual en los niños como en adultos de cualquier edad y el mal ha hecho bien su tarea especialmente desde la revolución industrial hasta nuestros días.

Ponemos atención en lo que nos deleita, ponemos atención en lo que nos relaja, ponemos atención en lo que alimenta nuestra vanidad, ponemos atención en muchas distracciones bien desarrolladas para que no tengamos oídos para oír lo que debemos oír, o en otras palabras, la atención hacia la palabra esta lubricada de manera tal que la distracción nos resbala hacia lo superfluo o sin valor para Él Señor, sino recordémonos de Santa Marta y Santa Magdalena [San Lucas 10: 40-42. mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.». Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.»], de eso se encarga el demonio de la acedia de distraernos, de desconectarnos diríamos,  para que no pongamos atención a lo que realmente debe importarnos.

Es increíble como la humanidad, y hablo tanto de ricos como de pobres, estamos influenciados por los distractores con viñetas de “ocio”, descansar no es malo, Dios descanso al séptimo día de la creación [léanse siete mil, siete millones, setecientos millones de años, etc., recordemos que el tiempo de Dios es diferente al tiempo del humano] sucede que el ocio tapiza como hiedra el muro de nuestra voluntad, esos distractores que logran asentarse en nosotros y que arraigan la carne sobre el espíritu y hacen que la lámpara la pongamos debajo de la mesa y logran su cometido el cual es distraernos de lo principal, restándonos la posibilidad de actuar como lo hizo Santa Magdalena: contemplando a La Luz, Él Verbo Humanado.



Cuando se busca la luz no hay necesidad de aprenderse de memoria los Santos Evangelios, podemos pasar toda una vida meditando por ejemplo Las Bienaventuranzas [San Mateo 5:3-12] y encausando nuestro actuar basándonos en la Luz que esos versículos derraman..

Aprender a escuchar es la regla de oro para poder llevar las relaciones en cualquier grupo de la sociedad con que nos interrelacionemos, y lo mismo sucede con la Santa Palabra, hay que educar nuestras conciencias para que leyendo y meditando las Sagradas Escrituras aprendamos a escuchar lo que nos dicen y modelar nuestro actuar y hablar iluminados por esa perfecta esencia Divina. Aprender a escuchar es un ejercicio que requiere ejercitar en “poner atención” para no divagarnos cuando alguien nos habla y especialmente cuando Él Señor nos envía mensajes.

Ejercitar el estar a solas, no hablar con nadie ni focalizando atención en fruslerías, pensando, meditando en nuestro actuar y reflexionando sobre la Palabra ayuda a que El Espíritu Santo manifieste en nuestros corazones los misterios que encierra la manera en que debemos actuar en el mundo para aspirar a la vida eterna.

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros [2ª Corintios 13:13].

Ave María Purísima, Sin Pecado Concebida [San Lucas 1:35]
Ave María Purísima, Sin Pecado Concebida [San Lucas 1:35]
Ave María Purísima, Sin Pecado Concebida [San Lucas 1:35]

Gracias Espíritu Santo

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