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miércoles, 6 de enero de 2016

We have seen his star in the East




Hemos visto su estrella en el Oriente
06/01/2016
por Padre Ángel David Martín Rubio


En la Solemnidad de la Epifanía del Señor celebramos el hecho de que Jesucristo se manifiesta como verdadero Dios y verdadero hombre ante todos los pueblos de la tierra, representados por los Magos que le adoraron. “Mago” es el nombre que entre los persas y caldeos se daba a los hombres doctos que cultivaban las ciencias, especialmente la astronomía. De este motivo toma la fiesta litúrgica su nombre ya que el término “epifanía” significa “manifestación”.

1. El primer llamamiento que hizo el Señor fue a los judíos en la persona de los pastores; el segundo a los gentiles, en la persona de los Magos. «Dios quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4). Aquí se nos revela el fondo del corazón de Dios. Su voluntad salvífica era ya conocida en el Antiguo Testamento (Cfr. Ez. 18, 23; 33, 11 y notas en la ed. Straubinger). Cristo al confirmarla, nos descubrió que esa salvación nos llega, como aquí dice S. Pablo, mediante el conocimiento de la verdad contenida en la Palabra del Padre que nos fue traída por el Hijo.

¡Qué dicha ser iluminado por Dios, recibir el beneficio de la fe! Por el Bautismo fuimos liberados del pecado, hechos hijos de Dios, templo del Espíritu en Santo y herederos del Cielo.

Y todo ello sin mérito alguno por nuestra parte. Dice Santo Tomás que «Dios no hace misericordia sino por causa de su amor, en cuanto nos ama como algo propio suyo»; y en otra parte añade, con profunda verdad, que «nada es más adecuado para mover al amor, que la conciencia que se tiene de ser amado». Si creyéramos verdaderamente que Dios es bueno, y que esa bondad procede del amor que nos tiene, es evidente que lo amaríamos nosotros y la santidad llenaría el mundo.

2. El rey recién nacido es a los ojos de los magos un rey universal, tal como lo daban a conocer los divinos oráculos de la Biblia que se habían ido esparciendo por el mundo de entonces. Como observa Fillion, se trata del «rey ideal, desde tiempo atrás anunciado y prometido por Dios, que había de salvar a su pueblo y a toda la humanidad».

Los dones de los magos son muy significativos:

"Los Magos ofrecen oro, incienso y mirra; el oro conviene al rey,    el incienso se ponía en los sacrificios ofrecidos a Dios; con la mirra eran embalsamados los cuerpos de los difuntos. Por consiguiente, con sus ofrendas místicas predican los Magos al     que adoran: con el oro, como rey; con el incienso, como Dios, y    con la mirra, como hombre mortal. (San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, Rialp Madrid 1957, 115-23)

Estamos, pues, ante una pública confesión de la divinidad de Jesucristo y de su realeza que habían sido anunciadas por el ángel a María en la Anunciación. Los Magos aparecen iluminados por la gracia divina a la que corresponden con la fe y se ven transformados. Podemos preguntarnos: ¿Sucede lo mismo en nosotros?

No basta haber recibido la gracia de la fe y del bautismo… es preciso vivir según las enseñanzas de la fe y las máximas de Jesucristo. Las obras son la garantía, la justificación y el testimonio de la fe. El apóstol Santiago habla de la fe práctica, animada por la caridad, en oposición a la fe muerta que no produce obras (St 2, 18-20) y cómo el que dice que tiene fe, pero no obra según la fe muestra que se engaña o es un impostor.

«Reconozcamos en los magos adoradores las primicias de nuestra vocación de nuestra fe, y celebremos con corazones dilatados por la alegría los comienzos de esta dichosa esperanza» (San León Magno). Demos nosotros gracias a Dios por la vocación a la fe que hemos recibido y demostremos ese agradecimiento con una vida verdaderamente santa y digna de nuestra vocación cristiana.

“Oh Dios, que en este día revelaste tu Unigénito a los gentiles por medio de una estrella: concede propicio, que los que ya te conocemos por la fe, seamos conducidos hasta contemplar tu hermosura y tu grandeza. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor (Misal Romano, ed. 1962, 6-enero: Oración colecta).

Padre Ángel David Martín Rubio

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