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viernes, 6 de noviembre de 2015

mystic city of God: Why we must pray the Joyful Mysteries, the Sorrowful and the Glorious?




¿Porqué Rezar el Santo Rosario?:
[MCD –P16 Pág. 15 (1435).]
Tomado de: Mística Ciudad de Dios, Vida de la Santísima Virgen María, dictada a su hija la Venerable Sor María de Jesús de Agreda

Esta imagen viva e imitación de Cristo, que reconocían los demonios en aquellos primeros hijos de la Iglesia, temían de manera que no se atrevían a llegar a ellos y luego huían de su presencia, como sucedía con los Apóstoles y los demás justos que gozaron de la doctrina de mi Hijo santísimo. Ofrecían al Altísimo en su perfectísimo obrar las primicias de la gracia y Redención. Y lo mismo sucediera hasta ahora, como se ve y experimenta en los perfectos y santos, si todos los católicos admitieran la gracia, obraran con ella, no la tuvieran vacía y siguieran el camino de la cruz, como el mismo Lucifer lo temió, y lo dejas escrito.

Pero luego con el tiempo se comenzó a resfriar la caridad, el fervor y devoción en muchos fie­les, y fueron olvidando el beneficio de la Redención, admitieron las inclinaciones y deseos carnales, amaron la vanidad y la codicia y se han dejado engañar y fascinar de las fabulaciones falsas de lucifer, con que han oscurecido la gloria del Señor y se han entregado a sus mortales enemigos. Con esta fea ingratitud ha llegado el mundo al infelicísimo estado que tiene, y los demonios han levantado su soberbia contra Dios, presumiendo apoderarse de todos los hijos de Adán, por el olvido y descuido de los católicos.

Y llega su osadía a intentar la destrucción de toda la Iglesia, pervirtiendo a tantos que la nieguen, y a los que están en ella que la desestimen o que no se aprovechen del precio de la sangre y muerte de su Redentor. Y la mayor calamidad es que no acaban de conocer este daño muchos católicos, ni cuidan del remedio, aunque pueden presumir han lle­gado a los tiempos que mi Hijo santísimo amenazó cuando habló a las hijas de Jerusalén (Lc 23, 28), que serían dichosas las estériles y muchos pedirían a los montes y collados que los enterrasen y cayesen sobre ellos, para no ver el incendio de tan feas culpas como van talando a los hijos de perdición, como maderos secos y sin fruto y sin ninguna virtud.

En este mal siglo vives, oh hija mía, y para que no te comprenda la perdición de tantas almas, llórala con amargura de corazón y nunca olvides los misterios de la encarnación, pasión y muerte de mi Hijo santísimo, que quiero los agradezcas tú por muchos que los desprecian. Y te aseguro que sola esta memoria y meditación es de gran terror para el infierno y atormenta y aleja a los demonios, y ellos huyen y se apartan de los que con agradeci­miento se acuerdan de la vida y misterios de mi Hijo santísimo.


MCD –P17 Pág. 37 (35).  Pero el Padre de las misericordias que está en los cielos no quiere  que las obras de  su  clemencia  sean  del  todo  extinguidas y para conservarlas nos ofrece el remedio oportuno de la protección de María santísima, sus continuos ruegos, intercesión y peticiones, con que la rectitud de la Justicia Divina tuviese algún título y motivo conveniente para suspender el castigo riguroso que merecemos y nos amenaza,  si  no  procuramos  granjear  la  intercesión  de  esta  gran Reina y Señora del cielo, para que desenoje a su Hijo santísimo justamente indignado y nos alcance la enmienda de los pecados, con que provocamos su justicia y nos hacemos indignos de su misericor­dia

MCD –P17 Pág. 38 (36). En mayor testimonio y prueba de la clemencia de María san­tísima, añade el Evangelista: Que las puertas de esta Jerusalén divina no estaban cerradas ni por el día ni por la noche; para que todas las gentes lleven a ella su gloria y honra (Ap 21, 25-26).

Nadie, por pecador y tardo que haya sido, por infiel y pagano, llegue con desconfianza a las puertas de esta Madre de misericordia, que quien se priva de la gloria que gozaba a la diestra de su Hijo para venir a socorrernos no podrá cerrar las puertas de su piedad a quien llegare a ellas por su remedio con devoto corazón.

Y aunque llegare en la noche de la culpa o en el día de la gracia y a cualquier hora de la vida, siem­pre será admitido y socorrido. Si el que llama a media noche a las puertas del amigo que de verdad lo es le obliga por la necesidad o por la importunidad a que se levante y le socorra dándole los panes que pide (Lc 11, 8),
¿qué hará la que es Madre y tan piadosa que llama, es­pera y convida con el remedio?
No aguardará que seamos importu­nos, porque es presta en atender a los que la llaman, oficiosa en responder y toda suavísima y dulcísima en favorecer y liberal en enriquecer.

Es el fomento de la misericordia, motivo para usar el Altísimo de ella y puerta del cielo para que entremos a la gloria por su intercesión y ruegos. Nunca entró en ella cosa manchada ni enga­ñosa (Ap 21, 27). Nunca se turbó, ni admitió indignación ni odio con los hom­bres, no se halló en ella jamás engaño, culpa ni defecto, nada le falta de cuanto se puede desear para remedio de los mortales.

No tenemos excusa ni descargo, si no llegamos con humilde reconoci­miento, que como es pura y limpia también nos purificará y limpiará a nosotros. Tiene la llave de las fuentes del Redentor, de que dice Isaías (Is 12, 3) saquemos agua, y su intercesión, obligada de nuestros rue­gos, vuelve la llave y salen las aguas para lavarnos ampliamente y admitirnos en su felicísima compañía y de su Hijo y Dios verda­dero por todas las eternidades.

MCD –P19 Pág. 19 (301). Pero de todo lo bueno que hace la criatura tomamos algún motivo los bienaventurados para defenderla de sus enemigos y para pedir a la misericordia divina la mire y saque del pecado. Oblíganse también los Santos de que los invoquen y llamen de todo corazón en los peligros y necesidades y tengan con ellos afectuosa devoción. Y si los Santos, por la caridad que tienen, están tan inclinados a fa­vorecer a los hombres entre los peligros y contradicción que conocen les busca el demonio, no te admires, carísima, que yo sea tan piadosa con los pecadores que me llaman y acuden a mi clemencia por su remedio, que yo les deseo infinito más que ellos mismos. No se pueden numerar los que yo he rescatado del Dragón infernal por haber tenido devoción conmigo, aunque sea sólo con rezar una Ave María o pronunciar una sola palabra en mi honor e invocación. Tanta es mi caridad con ellos, que si con tiempo y con verdad me llamasen, ninguno perecería, pero no lo hacen los pecadores y réprobos [precitos]; por­que las heridas espirituales del pecado, como no son sensibles para el cuerpo, no los lastiman, y cuanto más se repiten, menos dolor y sentimiento causan, porque el segundo pecado es ya herida en cuerpo muerto, que ni sabe temer ni prevenir, ni sentir el daño que recibe.

MCD –P19 Pág. 20 (302).    De esta torpísima insensibilidad resulta en los hombres el olvido de su eterna condenación y del desvelo con que se la procu­ran los demonios. Y sin saber en qué fundan su falsa seguridad, duermen y descansan en su propio daño, cuando fuera justo que le temieran y que hicieran ponderación de la [eterna muerte] que les amenaza muy de cerca, y a lo menos acudieran al Señor, a mí y a los Santos a pedir el remedio. Pero aun esto que les cuesta poco no saben hacer, hasta el tiempo que muchas veces no le pueden alcanzar, porque le piden sin las condiciones que conviene para dár­sele. Y si yo le alcanzo para algunos en el último aprieto, porque veo cuánto le costó a mi Hijo santísimo redimirlos, pero este privi­legio no puede ser ley común para todos. Y por eso se condenan tantos hijos de la Iglesia, que como ingratos e insipientes desprecian tantos y tan poderosos remedios como les ofreció la divina clemen­cia en el tiempo más oportuno.
Y también será para ellos nueva confusión que conociendo la misericordia del Altísimo y la piedad con que yo los quiero remediar y la caridad de los Santos para inter­ceder por ellos, no quisieron dar a Dios la gloria, y a mí y a los Ángeles y Santos el gozo que tuviéramos de remediarlos si nos lla­maran de todo corazón.


·       Abogada y protectora nuestra:

MCD –P22 Pág. 26 (783)… sa­biendo los hombres que me tienen en el Cielo por Madre, Abogada y Protectora suya, para remediarlos y socorrerlos y encaminarlos a la vida eterna. Y siendo esto así, y que el Altísimo me concedió tantos privilegios como a Madre  suya y por  los  títulos  que has escrito, y que todos los convierto y aplico al beneficio de los mortales como Madre de clemencia, el ver que no sólo me tengan ociosa para su propio bien y que por no llamarme de todo corazón se pierdan tantas almas, causa era de gran dolor para mis entrañas de misericordia. Pero si no tengo dolor, tengo justa queja de los hombres, que para sí granjean la pena eterna y a mí no me dan esta gloria.
 (784).    Nunca se ha ignorado en la Iglesia lo que vale mi interce­sión y el poder que tengo en los cielos para remediar a todos, pues la certeza de esta verdad la he testificado con tantos millares de millares de milagros, maravillas y favores, como he obrado con mis devotos, y con los que en sus necesidades me han llamado, siempre he sido liberal y por mí lo ha sido el Señor para ellos, y aunque son muchas las almas que he remediado, son pocas respecto de las que puedo y deseo remediar. El mundo corre y los siglos caminan muy adelante; los mortales tardan en volverse a Dios y conocerle; los hijos  de la Iglesia se embarazan y enredan en los  lazos del demonio; los pecadores crecen en número y las culpas se aumentan; porque la caridad se resfría, después de haberse hecho Dios hombre, enseñado al mundo con su vida y doctrina, redimiéndole con su pasión y muerte, dando  Ley  Evangélica  y  eficaz,  concurriendo  de su parte la criatura, ilustrando la Iglesia, con tantos milagros, luces, beneficios y favores por sí y por sus Santos; y sobre esto franqueando sus misericordias por su bondad y por mi mano e intercesión, se­ñalándome por su Madre, Amparo, Protectora y Abogada, y cum­pliendo yo puntual y copiosamente con estos oficios. Des­pués de todo esto, ¿qué mucho es que la Justicia divina esté irritada, pues los pecados de los hombres merecen el castigo que les amenaza y comienzan  a  sentir?  Pues  con  estas  circunstancias  llega  ya  la malicia a lo sumo que puede. (785)… pero mi piedad y cle­mencia excede a tanta malicia, y tiene inclinada a la infinita bondad y detenida la justicia; y el Altísimo quiere ser liberal de sus tesoros infinitos y determina favorecerlos si saben granjear mi intercesión y me obligan para que yo la interponga con eficacia en la divina presencia. Este es el camino seguro y el medio poderoso para me­jorarse la Iglesia, remediarse los reinos  católicos, dilatarse  la  fe, asegurarse las familias y estados y reducirse las almas a la gracia y amistad de Dios.

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